Fue
sorpresivo e inevitable. Tenían que cruzarse. La ciudad no era tan
grande como para que fuese imposible que ocurriera. De modo que cuando
se vieron, ambos sabían que era algo que podía suceder en cualquier
momento, aún en el menos propicio.De todos modos, la sorpresa produjo en los dos rostros de asombro y de curiosidad, de deseo, de miedo, de verguenza por exponer sus corazones en los expresivos rostros enamorados...
Se acercaron sin palabras. Afortunadamente, aquel espacio de la confitería estaba vacío y cerrado a las miradas de los otros ámbitos del salón.
A un metro de distancia se detuvieron. Se dijeron algunas palabras de saludo que no recordarían luego, ni jamás... Avanzaron, mientras el pasado corría como un film hiperrealista y ambos lo veían azorados.
El tomó ligeramente sus antebrazos. Estaban helados. Ella tembló, al tiempo que cerró los ojos, se acerco a su pecho y apoyó la cabeza, rodeándolo con sus brazos.
Finalmente, levantó sus ojos... ésos que daban paz y profundidad a los días de su hombre, y se besaron suavemente, sin que nadie pudiera saber cuán suave y dulce fue aquel beso.
Fue un beso largo, apasionado, frontera entre la nada, el pasado y la tibia esperanza de una vida nueva.-
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