Quiso comer con su boca la de su bella
enfermera. Y no le interesó jamás el anonimato de décadas, ni los
plagiadores. Aquel momento valió todo olvido y toda acusación de
falsedad. Al fin y al cabo, nadie sabría nunca
lo que sintió al besar a la dulce Edith en Times Square, cuando
festejaban el fin de la Segunda Guerra Mundial, tras la rendición de
Japón. Alfred, el fotógrafo de la revista Life, los hizo famosos con su fotografía, para muchos prefabricada, y según testimonio de Edith, espontánea.
Él pensaba, hasta su muerte, que aquel beso del 14 de agosto de 1945 fue mágico. Porque sintió ésa suave y pequeña boca en la suya y aquel cuerpo de mujer entregado a su destino de paz, de amor y de futuro.
El beso fue auténtico. Los dos lo sabían. Y el monumento que lo recuerda en Times Square desde hace dos años es merecido. El amor debe ser eternizado.-
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